Posted On 1 junio, 2019 By In Editorial, Portada With 686 Views

Junio 2019, entre mayo y abril.

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Editorial

Los mexicanos estamos viviendo una etapa triste en nuestra historia, consiste en  una situación de guerra no declarada en contra de nuestro pueblo, con un terrible y creciente saldo de muertos, heridos y desaparecidos. Es una realidad trágica encontrar tumbas colectivas que las autoridades pretendan solo achacar a bandas de delincuentes organizados.

Quienes vemos en la historia el método científico para obtener respuestas a los problemas sociales sabemos que la violencia, el caos, el miedo y la muerte son consubstanciales al sistema imperialista, y que no existe un capitalismo con rostro humano.

Nosotros entendemos que mientras el imperialismo exista los pueblos resistirán, y que harán hasta lo imposible para impedir que aplaste a los pueblos.  En el actual sistema  mundial denominado neoliberalismo (el imperio en su etapa postmoderna) administra la crisis y el caos, crea acciones y narrativas de terror y miedo que operan impunemente tales como el narcotráfico, la trata de personas, el saqueo de los recursos naturales, el control de salarios siempre mal pagados, aranceles injustos del libre comercio, y toda esa gama de cadenas de sujeción a las que nos atan. Y este es el caso de México de hoy.

Pero como en toda guerra, es necesario entenderla. Debemos primero buscar el objetivo o fin de ella. Para los imperialistas el objetivo estratégico de la guerra será siempre imponer su voluntad a al enemigo, es decir superarlo en número y en armas dentro de un espacio determinado, denominado campo de batalla.  En cambio las guerras que los pueblos emprenden, obligados por las circunstancias, para liberarse de algún extraño enemigo, el objetivo será siempre la continuidad de la política por otros medios, la lucha político-militar, que el pueblo entiende, y apoya o respalda, aun cuando los insurgentes sean superados en armamentos o tecnología. De ahí precisamente surge la consigna que abraza esta resistencia popular, “el pueblo unido jamás será vencido”, y que con el paso del tiempo y la historia se convierte en algo real.

Para entender mejor la dicotomía histórica de la guerra en que estamos envueltos veamos  dos fechas emblemáticas, el mayo 8 de 1945 cuando la Alemania Nazi se rindió ante su fracaso militar, y el 30 de abril de 1975 cuando cayó Saigón, Vietnam,  entonces en poder de los Estados Unidos ante la ofensiva del ejército popular, que los derrotó poniendo en práctica una línea política correcta; dos ejemplos paradigmáticos, y así podríamos encontrar muchos otros en la historia de los pueblos.

Aclarado el objeto de la guerra y la política en favor del pueblo, debemos analizar las medidas tomadas por nuestro gobierno mexicano, que un día dice que la política es la solución a la violencia y al otro nombra a militares para que pacifiquen al país, aumentándoles sus sueldos, y prestaciones, tratando de convencernos que ellos son un grupo de jóvenes “scouts”, incapaces de alguna maldad, e interesados solo en mejorar nuestras policías.

Pero nosotros no olvidamos, hace 50 años, los pueblos del mundo vieron que los jóvenes se manifestaron en contra del imperialismo, el militarismo y la guerra. En mayo del 68 una onda expansiva recorrió el mundo con diversos resultados, y México no fue la excepción, mujeres y hombres jóvenes se decidieron a luchar. Ellas y ellos no tenían más que perder que las cadenas aun hoy existen.

Hay mucho por hacer todavía, las cosas parecen que cambian,  pero no cambian, todo se vuelve grisáceo, la mentira se propaga, sin embargo no podemos equivocarnos sobre quiénes y cuáles son los enemigos de nuestro pueblo. Siempre hemos dicho eso, y con el ejemplo de nuestros compañeros que hoy recordamos en este mes de junio, reafirmamos nuestro compromiso antimperialista  enarbolado desde la guerra de independencia de….

“¡Vivir por la Patria! o ¡Morir por la Libertad!”

Efemérides

En Junio se encuentra la fecha que ¡NO SE OLVIDA!, el día 10, Jueves de Corpus de 1971, donde ya hace 48 años estudiantes que se manifestaban en las calles de la Ciudad de México fueron asesinados. Una manifestación pacífica donde los participantes no llevaban armas, no llevaban palos, simplemente se manifestaban por la ¡democratización de la enseñanza!, ¡apoyo a la Uni de Nuevo León! -pues querían arrebatarle  su Autonomía-, ¡NO! al remedo de democracia que ofrecía Echeverría; ¡apoyo a la política sindical de los obreros!; entre otra serie de demandas. Demostrado así que no quedaba de otra… aparecieron en nuestro país, en varios estados,  diferentes organizaciones revolucionarias, entre ellas, las FLN que para agosto de éste 2019  cumple 50 años.

Recordamos a nuestros compañeros Manolo y Ruth nacidos en el mes de junio. Ella, nacida en Campeche, y que en éste junio cumpliría 62 años, cuando fue asesinada tenía 25 años. Ella escribió para el periódico Nepantla 8 del 27 de octubre de 1979,  un artículo que tituló: “El Monte: Escuela para el hombre nuevo”. Se trata de su experiencia en el monte, es un artículo histórico, no una guía para la acción, nótese por el título, que la igualdad por el machismo de la época aun determinaba la separación de trabajos por el género, podría haber titulado su artículo “El Monte: Escuela para la mujer  y el hombre nuevo”.  Aquí el artículo histórico….

El Monte: Escuela para el hombre nuevo

por Ruth

En el campo la lucha de clases asume caracteres más violentos que en las ciudades. Las condiciones de vida de los pobres del campo son increíblemente espantosas. No existen los paliativos ni los medios de enajenación de las grandes ciudades. La población rural sufre más cruentamente el hambre, la explotación, las enfermedades. En el momento en que se prenda la chispa revolucionaria, planteándosele a este sector la alternativa libertaria no vacilará en tomar las armas para luchar contra quien lo somete.

El iniciar la guerra en un ambiente hostil para cualquier ser humano, en una zona de difícil acceso en terrenos montañosos, intransitables, presenta a las fuerzas revolucionarias la oportunidad de combatir de igual a igual a un enemigo superior en número y armamento.

Con razón Fidel en la Segunda Declaración de la Habana señala:

“Los ejércitos, estructurados y equipados para la guerra convencional, que son la fuerza en que se sustenta el poder de las clases explotadoras, cuando tienen que enfrentarse a la lucha irregular de los campesinos en el escenario natural de éstos, resultan absolutamente impotentes; pierden diez hombres por cada combatiente revolucionario que cae, y la desmoralización cunde rápidamente en ellos al tener que enfrentarse a un enemigo invisible e invencible que no les ofrece ocasión de lucir sus tácticas de academia y sus fanfarrias de guerra de las que tanto alarde hacen para reprimir a los obreros y a los estudiantes en las ciudades”.

EN LAS CASAS

Desde muy temprano y durante varios días trabajamos sobre los materiales adquiridos o comprados por los compañeros militantes urbanos y que habían sido traídos a la casa. Próximamente “subiríamos” a hacer algunas prácticas militares, según nos informaron oficialmente semanas antes. Fabricamos mochilas, botas, fundas para pistola; empacamos en bolsas de plástico debidamente selladas alimentos (algunos como el “chocoproto”, elaborados por nosotros), medicinas, balas, etc.

EL VIAJE

Emprendimos el viaje hacia la selva en la fecha señalada con los equipos ya listos. Primero realizamos un largo viaje por carretera; al día siguiente, en la tarde, durante varias horas viajamos sobre una carretera de terracería, acercándonos cada vez más al lugar de la cita. Esta cita era con los compañeros que se habían internado en el monte una semana antes. Previamente un compañero con una cobertura “legal”, había entrado a verificar que no hubiera soldados, los que en ciertas circunstancias revisan a todo el que entra y sale de la selva. Los indígenas de la región casi no caminan de noche por el monte por temor a ser mordidos por la nauyaca (víbora venenosa); de día pueden verla, no así en la oscuridad. Es por esto que la cita en el lugar de reunión con los compañeros se efectuaría a las 22:00 hrs., de este modo los indígenas no se darían cuenta de que “el guerrillas lo anda” en la selva.

Hicimos un alto en el camino y nos cambiamos la ropa, los zapatos por botas, guardamos en los bolsillos de la camisa (deliberadamente grandes para que cupieran muchas cosas) navaja, brújula, paliacate, silbato, encendedor; en sus respectivas fundas guardamos las armas y cargadores personales, después las colgamos en la cintura. Aparte de estos indispensables objetos, se procura traer siempre como equipo personal: reloj, lámpara de mano, cantimplora, machete, arma personal, regularmente un arma larga, antiviperino que en caso de mordedura de víbora deberá aplicarse inmediatamente (siempre que se encuentra una serpiente no se averigua si es venenosa o no, si morderá o no, se le mata de cualquier manera. No hay que usar el machete, es decir no se le degüella porque la cabeza puede saltar y morder. Procúrese entonces una vara larga y verde –porque si está seca se rompe- y se le golpea lo más cerca de la cabeza; con esto se le secciona la médula espinal impidiéndole cualquier movimiento). Entre los objetos que se procuran traer a mano están también: bolsas de plástico (para hacer fuego si se hace de noche o para meter piezas de cacería pequeña sin que le llegue la mosca), tela adhesiva (para ampollas), un cordón para amarrar piezas de cacería grandes. Se evitan los objetos estorbosos e inútiles. El “guerrillero lleva su casa a cuestas”. Se procura llevar la mayor comodidad posible a un medio que no brinda ninguna. Los materiales se buscan lo más ligero posible, evitando el peso excesivo, pues éste se “multiplica” en el transcurso de una caminata.

Emprendimos el camino nuevamente, pero para sorpresa nuestra más adelante a todo lo ancho de la brecha se encontraba un árbol caído impidiéndonos continuar. Resignados, nos disponíamos a continuar a pie; lo que ocasionaría llegar tarde a la cita. De pronto aparecieron dos figuras salidas del monte. Eran los compañeros, que por suerte se habían enterado por medio de un rociador antipalúdico, que debido a la roza y quema del monte, practicada por los habitantes de la zona con fines agrícolas, un árbol había caído en medio del camino. Después de los respectivos saludos y despedida del compañero que nos vino a dejar, emprendimos el camino rumbo al campamento. Paramos en un arroyito a descansar y tomar agua. Una compañera sintió una pequeña molestia en el talón, se quitó la bota y la calceta apareciendo debajo una enorme ampolla que le taparon con gruesas tiras de cinta adhesiva, quedando la ampolla protegida, ¡y a caminar nuevamente! Llegó el momento de dejar la brecha e internarnos en el monte. El responsable indicó a la “tropa nueva” que caminara levantando un poco los pies (como lo hacen los habitantes de la zona, a fin de no tropezar) y apuntar la luz de la lámpara hacia abajo. Al llegar al campamento nuestras hamacas estaban ya colgadas en sus respectivos lugares; inmediatamente nos lanzamos sobre ellas, estábamos un poco cansados por la caminata.

EL CAMPAMENTO

Muy temprano despertamos; los recién llegados nos encontrábamos cubiertos de ronchas, sobre todo en las manos. Al dormir no debe dejarse al descubierto ninguna parte del cuerpo, si es que no se quiere ser “comido” por los mosquitos. Los compañeros que tenían tiempo en el monte estaban prácticamente inmunizados, por lo que no les ocasionaban mayores molestias los piquetes, incluso no se enroncharon. Iniciamos las labores matutinas: uno acarrea agua, otro en la intendencia enciende la hoguera que es todo un ritual: primero se limpia el terreno, se juntan ramas delgadas y hojarasca, sobre ellas se derrite una bolsa de plástico con ayuda del encendedor. El plástico mantiene un fuego permanente y sirve para incendiar las ramas y la hojarasca. Para acelerar la formación de la fogata se abanica de preferencia con plumas de ave de monte, al principio suavemente para no apagarla. Ya que existe un fuego más vivo se abanica más fuerte y se acercan ramas y troncos de mayor tamaño. Los troncos no se ponen empalmados, sino separados, como una tienda de indio norteamericano a fin de que circule el aire en medio de ellos.

Con la luz del día observamos la exuberante vegetación, lo majestuoso de los árboles y ¡la altura!, sólo en algunas partes los rayos de sol pegan con fuerza. Basta caminar 10 metros para perder de vista el campamento. Se escuchaba el agua que corría en un río cercano. El campamento era un pedazo de selva que los compañeros habían “limpiado”; esto quiere decir, cortado toda rama o árbol que estorbara.

Las hamacas colgaban de dos árboles y sobre cada una de ellas había unos plásticos lo suficientemente grandes para cubrir la hamaca. De sus cuatro costados se ataban hilos de nylon, y uno a todo lo largo, en medio del plástico, a manera de parteaguas; así, el hilo divide el plástico en dos quedando éste como casa de campaña. Abajo del plástico y la hamaca estaban las “mochileras” hechas de palos (atados o sueltos) juntos unos con otros donde se depositaban mochilas, lámparas, etc., para que en caso de lluvia los equipos no se mojaran. El arma larga y el machete colgaban de una horqueta clavada en el suelo. De un árbol a otro había una antena que bajaba a un pequeño radio portátil de onda corta. Por las tardes escuchábamos las noticias de Radio Habana. De un palo atravesado en forma horizontal sobre unas horquetas, colgaban costales con alimentos para evitar que se los comiera el tlacuache (zarigüella). También por las hormigas, cucarachas, etc. Todos los “muebles” están hechos con palos y bejucos. En la cocina; sobre la mesa, los platos, las cucharas,  la olla y la tetera; todo a un lado de la fogata para evitar las moscas, pues el humo y el calor las ahuyenta.

Debido a que los compañeros no corrían con suerte como cazadores, desayunamos chocoproto, carne seca, frijol en polvo. Actualmente hay oportunidad de comer dos veces al día. En ocasiones, cuando existe escasez de alimentos y cacería, se come sólo una vez al día. Pero estamos conscientes que llegarán momentos más difíciles en que no se probará bocado en días debido al acoso constante del enemigo. El guerrillero debe “ser sufrido hasta un grado extremo (,,,) para sobrellevar las privaciones de alimentos, de agua…” (Che)

La responsable de sanidad procedió a curar la ampolla producida por las botas nuevas. Lavó con jabón y puso encima una gasa. Siempre es preferible dejar la herida al aire libre, pero resultaba contraproducente por las moscas y mosquitos circundantes. Esta ampolla se iba haciendo más profunda conforme la compañera caminaba, evitando así que cicatrizara; por este motivo el responsable decidió recluirla por algún tiempo en el hospital-hamaca, porque además, amenazaba con infectarse. En el monte cualquier herida es más propensa de infectarse que en la ciudad. Tarda más en curar por las condiciones de higiene prevalecientes: las moscas, la tierra, la falta de un aseo cotidiano. El responsable de sanidad es parte indispensable de la guerrilla, la vida de los exploradores está llena de accidentes, enfermedades y en la guerra será el que salve vidas de combatientes, extirpe balas y brinde apoyo moral a los enfermos.

Después de un suculento desayuno emprendimos la caminata hacia un lugar cercano, donde pudiéramos efectuar algunas prácticas de tiro. A pocos metros empezamos a sudar mojando las camisas: los compañeros frecuentemente estaban cubiertos por una nube de sayules (abejas silvestres) que se dedicaban a chupar el sudor de la ropa. Caminábamos por un camino real abandonado, en fila india. Cuando se camina por una picada (camino abierto con machete) se debe seguir cada rama tocada por el machete. Es muy fácil perderse estando fuera de la picada. Unos días antes un compañero se había perdido; al ver una manada de monos salió del camino con el fin de perseguirlos, pero no tuvo la previsión de usar la brújula o dejar una señal. Después de cazar un mono ya no encontró el camino de regreso. La desesperación hizo que caminara en círculos. Al verse definitivamente perdido disparó su pistola al aire. Al oírlo los demás dispararon también en respuesta. Como ya estaba obscureciendo, prendió una pequeña fogata, asó un pedazo de carne de mono para comer y se durmió en la raíz de un árbol. Al otro día encontró el camino y a los compañeros que habían salido a buscarlo.

LA PRÁCTICA

(se omite la narración de la práctica por ser un tema militar)

DE REGRESO

Llegó el momento de despedirnos del monte y regresar a la ciudad. Muy temprano levantamos el campamento. Quitamos hamacas, plásticos, acomodamos todo en las mochilas. Algunas cosas se enterraron o escondieron en algún lugar de la selva. Los escondrijos se utilizan con frecuencia para guardar comida, armas, medicinas. Son necesarios estos entierros en el caso de que se dificulte la cacería o que por alguna razón no pueda ser abastecida la guerrilla desde afuera.

El abastecimiento es indispensable para la sobrevivencia de la guerrilla. Se logran transportar equipos y alimentos en una forma camuflada en la etapa exploratoria; pero más adelante, cuando las hostilidades se inicien, la vigilancia del enemigo será mayor; entonces estos transportes de abastecimientos serán fácilmente localizables y distribuibles corriendo grave peligro la gente que haga el transporte. Es entonces que el guerrillero necesitará el apoyo de la población campesina, que sea ella quien provea a la guerrilla con el fruto de sus siembras, animales domésticos, incluso comida comprada en las tiendas y en una etapa más avanzada pueden existir siembras “donde los campesinos trabajen en beneficio del ejército guerrillero” (Che). También será necesaria la organización de una línea de abastecimiento desde zonas más lejanas en base al apoyo campesino; en que se proporcionará al núcleo armado, equipos y materiales que no brinda el campo, como son hilos para hacer hamacas, lona para mochilas, plásticos, medicinas, etc.

Recogimos todo, la orden era no dejar huella de que ahí había vivido alguien. Tiramos los troncos con que se habían hecho los muebles, recogimos las cenizas de la fogata y les echamos tierra encima, enterramos las latas  vacías. No debía quedar ni un papelito, nada.

Un día antes de partir fuimos al río a tomar un baño, que sentaba muy bien después de algunos días sin aseo. El río es limpio y cristalino; lleva una fuerte corriente, lo que impide permanecer en él sin tomarse de alguna rama o piedra, por eso nos bañamos en la orilla; los paliacates sirven de toallas. Siempre que hay oportunidad y jabón, el que lo desea se baña y lava su ropa. Esto último resulta muy necesario, sobre todo después de mucho tiempo, pues la ropa guarda la tierra, lo que provoca rozaduras sobre el cuerpo. Cuando hay otra muda de ropa  limpia, se utiliza, sino, usamos la misma.

El aseo del cuerpo no se efectúa con regularidad debido a que no alcanza el tiempo, las necesidades de trabajo del grupo son muchas.

Las condiciones de higiene del monte son distintas a las de la ciudad. En ocasiones no hay agua corriente; los trastos no se lavan con jabón. Aunque los excrementos se entierran, los animales que pululan por ahí no lo hacen y las moscas, que existen en una gran variedad, contaminan los alimentos. Todo esto ocasiona fuertes diarreas. Otra de las causas de las diarreas es el cambio de régimen alimenticio de la ciudad al monte, muy distinto, como hemos visto. El agua no se hierve (sólo se hierve cuando es agua estancada), se toma de río o laguna. El organismo tiene defensas para los bichos de su medio, en la sierra se encuentra con otros distintos. Con el tiempo, una vez acostumbrado el organismo a este nuevo ambiente, las diarreas desaparecen.

Son variadas las enfermedades a las que está expuesto el explorador en este ambiente salvaje. Muchas de ellas pueden ser prevenidas con medicamentos. Existen otras en que es muy difícil conseguir la medicina, como es el caso de la leishmaniasis o úlcera del chiclero (llamada en Nicaragua úlcera del guerrillero, los sandinistas la padecieron). A dos compañeros les dio esta enfermedad. Surge de un piquete de mosco;  se presenta en un principio como una espinilla que después va haciendo un hueco (una úlcera) cada vez más grande. Las úlceras no son dolorosas y se curan al cabo de un año dejando cicatrices. Sin embargo, si no se aplica un tratamiento oportuno y eficaz destruye el tejido cartilaginoso y óseo de la nariz o las orejas sufriendo el rostro una horrible desfiguración. Afortunadamente para los compañeros nada de esto ocurrió pues fueron curados a tiempo.

Existe otro mosco, distinto al de la leishmaniasis, que es vector de una larva que se introduce en la piel. La larva va creciendo poco a poco, hasta convertirse en un gusano. El movimiento de su cuerpo produce dolor donde se haya introducido. Por fuera sólo se ve una pequeña roncha con un agujerito que le sirve para respirar; a veces se ve al asqueroso gusano que sólo se asoma para respirar. Con el tiempo el gusano sale de su escondrijo y se convierte en mosca. Dos compañeros tenían este parásito. Uno en el brazo y el otro en la oreja. Los habitantes de la zona cubren el lugar de la roncha con una hoja de tabaco; el gusano muere asfixiado, a la vez, que la nicotina lo intoxica. Vimos que por ningún medio científico salía el bicho; triunfó la medicina de la selva, se asfixió el animal poniendo un plástico en la región de la roncha. Sin embargo, el parásito que se encontraba en la oreja no podíamos asfixiarlo, porque estaba en una región muy difícil de cubrir. Nos sentíamos tan mal, tanto la compañera que traía el gusano como los demás, que le aplicamos cera, Duco, Resistol, tratando de taparlo, pero el animal hacía un agujero nuevamente para respirar. Al fin, un día que asomó la trompa, el responsable de sanidad lo tomó con unas pinzas y lo extrajo. La gente conoce este gusano como “colmoyote”.

Unos cuantos días no son suficientes para conocerle al monte sus secretos. Sin embargo, si podemos concluir con algunas observaciones, como por ejemplo: la importancia que tiene el trabajo urbano, tanto profesional como civil; la dedicación y cuidado que requieren de nosotros los trabajos manuales que realizamos día a día, tanto en el aspecto de nuestra formación proletaria, como en la necesidad que tiene la guerrilla de que los equipos estén perfectamente bien fabricados o empacados, etc. Todos los objetos adquieren en el monte un valor inapreciable, desde una aguja hasta las armas, que al romperse o extraviarse por descuido, son imposibles de reponer a corto plazo. Todo fuera como “ir al ‘super’ a comprarlos”.

La jornada montuna nos ha puesto a pensar en la necesidad de prepararnos en el terreno de la teoría científica de la revolución, que nos conduzca a desarrollar eficazmente nuestras actividades prácticas. Una condición física buena es importante en un ambiente tan adverso, pero lo predominante deben ser las virtudes guerrilleras: voluntad, tenacidad, paciencia, en una palabra: alta moral revolucionaria.

Grupo Editorial de la Casa de Todas y Todos

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