Posted On 3 junio, 2017 By In Editorial With 618 Views

Junio: plumas y lodazales.

“Los claros timbres de que estoy ufano
han de salir de la calumnia ilesos.
Hay plumajes que cruzan el pantano
y no se manchan… ¡Mi plumaje es de esos!”
Salvador Díaz Mirón

 

La valoración de lo presente es una tarea compleja. Más aún si lo presente es un evento de naturaleza política; aún más si en el conjunto de hechos está implícito, en mayor o menor medida, lo propio en una historia compartida.

Como ya hemos afirmado, alentar la participación del pueblo en la falsa democracia electoral mexicana, va en contra de nuestra historia y nuestros principios; no podemos sino rechazarla. La complejidad del caso proviene de lo que podríamos llamar “el otro lado” del proceso a valorar. El de la organización “desde abajo” que se plantea como objetivo final de la estrategia política a seguir. Desde esta perspectiva, la candidatura y la asistencia al proceso electoral es sólo un momento de un camino más largo, que pondría énfasis en la formación política de las y los concejales, en el desarrollo de una articulación nacional entre los pueblos indígenas a partir del margen de representatividad actual de dicho Concejo entre la población indígena del país. Sin duda, de este proceso, puede surgir una fuerza política que sume un peso específico de gran consideración al camino de transformación radical de las condiciones de vida de nuestros pueblos. Que nadie ponga en duda la enorme capacidad política del pueblo trabajador consciente, particularmente indígena: de ello, hay amplias lecciones en la historia de nuestro México.

El problema, según vemos, es que ese proceso, como tal, apenas comenzaría – según lo afirmado hace unos días por los propios concejales. Esa construcción es una aspiración cuyo calendario va más allá de la coyuntura electoral. Pero el peso histórico de ese momento coyuntural – una candidatura independiente, abanderada por una candidata-vocera indígena en 2018- es innegable.

Pensamos que de concretarse este evento político, en última instancia, los aparatos de dominación de las clases en el poder en México se verán fortalecidos, justificados, alentados. Nunca en la historia política de México los pueblos indígenas han acudido organizados a participar de forma independiente en los procesos políticos electorales de la clase dominante, por más que hayan sido obligados a apoyar a los diversos grupos en el poder. Esta será la primera ocasión. Y será, sin duda, por ese mero hecho, una ocasión que entrará en los anales del liberalismo mexicano, que nunca fue capaz de lograr un evento parecido. Esto, sin considerar lo que pueda o no lograrse después, en un proceso que se ve lleno de importantes retos.

Para las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN), según su historia y trayectoria política, las elecciones forman parte del aparato de dominación y control de las clases en el poder sobre las comunidades del campo y de la ciudad. Somos conscientes de que, en verdad, muchas cosas han cambiado en México y el mundo desde la fundación de las FLN, y aun así, no hallamos sentido a un planteamiento que se quiere anticapitalista y anti sistémico, y que sin embargo, parece aceptar la premisa de que se puede intervenir y participar en un ejercicio corrupto y de origen antidemocrático sin convertirse en eso mismo, como el ave del poema, que cruza el pantano sin ensuciar su plumaje. Cabe decir que, con ese arreglo de palabras, Salvador Díaz Mirón justificó su participación en el gobierno golpista del tirano Victoriano Huerta.

Pensamos además que es incorrecto ver las elecciones y sus entretelones como una “fiesta” del poder, que de algún modo puede ser “arruinada” por sus participantes, sean quienes sean y sin importar qué tan disruptivo sea el ánimo o el programa político que les impulsa al llegar ahí. En nuestra lectura, las elecciones no son una fiesta, son más bien un grillete, un yugo, y la suma de participación en su proceso – cualquiera que sea el modo o forma que ésta adquiera, siempre que se adscriba al ámbito de lo político- sólo fortalece su agarre.

Efemérides:

El 10 de junio de 1971 el Estado Mexicano mató estudiantes que manifestaban su descontento por las calles de la Ciudad de México. Algunas, algunos de quienes más adelante engrosarían las filas de la militancia en las FLN afianzaron en esos dolorosos hechos su decisión de combatir para que nunca más en México el poder estuviese en posibilidad de acribillar a su juventud. Los esfuerzos no han sido suficientes. El Estado Mexicano, continuamente en nuestra historia contemporánea, acude a esta criminal táctica para acallar las múltiples luchas de nuestros pueblos. Ni perdón, ni olvido, justicia para los caídos ese Jueves Negro, cómo olvidar que el asesino de estudiantes, tanto en Tlatelolco como el Jueves de Corpus, era el mismo presidente que creía engañar a todos diciendo que la reforma política estaba en marcha, que ahora si cualquier partido político podía ganar en elecciones limpias, que eso era la “apertura democrática”; y cómo olvidar que respondíamos: “el pueblo de México no votará por sus verdugos”. ¿Cuántos crímenes impunes hay que perdonar?, ¿Cuántos más desaparecidos debemos buscar?, que respondan eso quienes no tienen memoria.

En junio, cada junio, recordamos a nuestra compañera Ruth, que tuvo a bien nacer en sus días. Recordamos por el mismo motivo a Manolo, compañero fundador de nuestra querida organización madre. Ambos fueron, en sus propias circunstancias, compañeros ejemplares que dieron su vida por la liberación de nuestra madre patria.
Hoy como siempre, decimos.


¡Presentes!

¡Vivir por la patria! o ¡Morir por la libertad!

Grupo Editorial de la Casa de Todas y Todos.

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