Posted On 2 octubre, 2018 By In Editorial, Memoria, Portada With 299 Views

Editorial octubre 2018

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Octubre se inicia con el nacimiento de la compañera Paz o Aurora. Enseguida, el dolor que pesa ya por 50 años de la masacre a estudiantes del 2 de octubre que ¡nunca se olvida!.  El día 8, 51º Aniversario del asesinato del Ché en Bolivia, hasta llegar al 23 de octubre, cumpleaños del Compañero Pedro, Manuel, 1er responsable histórico. Para finalizar, el 26 de octubre, el de nuestro inolvidable Subcomandante Pedro, caído en combate el 1º de enero de 1994. Para nosotros las fechas históricas son para nunca descansar.

Hoy continuamos con los derechos históricos a la TIERRA y al TRABAJO para todos los mexicanos. Tenemos que construir viviendas, cultivar la tierra ejidal, defender las conquistas de los trabajadores, pues el que ya no exista la lucha sindical es un mito genial.

En el aspecto histórico, la Casa continúa también con el deber de realizar actividades para apoyar a nuestros hermanos del País Vasco en el rescate de la vida y obra de nuestro Héroe Internacionalista Xavier Mina, en el esfuerzo internacionalista de muchos para colocarlo en el sitio que le corresponde en su propio pueblo.

También en éste mes de octubre se terminan las entregas del artículo que apareció en Nepantla 9 del 15 de marzo de 1981, de la compañera Ruth sobre la Vivienda, y en éste renglón, la Casa sigue avanzando en sus deberes. Los maestros universitarios y sus alumnos están interesados en participar, acudiendo a las comunidades que necesitan mejorar su vivienda.

En un modesto homenaje a los mexicanos masacrados el 2 de octubre por el estado mexicano en la Plaza de las Tres Culturas, presentamos un artículo publicado en nuestro periódico interno, Nepantla, en el año 1981.

Grupo editorial de la casa de todas y todos.

Artículo publicado en Nepantla 14

Año 1981

1968 NO SE OLVIDA

por Esperanza

1968 es uno de esos años que han quedado fijados en la memoria colectiva del país; fue un año crucial para cientos de miles de mexicanos que participaron directamente en uno de los movimientos de masas más importantes que se han dado en México (por el alto grado de incorporación de amplias capas sociales, sobre todo, estudiantiles a una lucha masiva que, en esencia, demandaba libertades democráticas y criticaba la represión del Estado). Y no sólo para los que participaron –de múltiples maneras- en forma directa, también para los que observaban angustiados los acontecimientos, especialmente los parientes cercanos de los estudiantes. La marca de ese año es, seguramente, también imborrable para los líderes políticos del país que dirigieron intelectualmente una intensa represión contra el movimiento, paranoicamente convencidos de que los estudiantes de aquella época éramos delincuentes peligrosos dispuestos a manchar la imagen de México como país “pacífico”, para crear un ambiente hostil a la celebración de un magno acontecimiento mundial como eran los juegos olímpicos.

Pera ese año que nos marca indeleblemente, sobre todo a los protagonistas directos, no sólo debe ser un obligado punto de referencia cuando se hace la crónica del estado represivo mexicano; los acontecimientos deben ser recordados como fuente de enseñanzas. En este sentido no nos referimos a lo que los individuos como tales aprendieron, sino a lo que como lección colectiva puede representar a un pueblo que tarde o temprano desplegará una lucha más general buscando destruir el actual orden social para construir una sociedad justa, basada en las decisiones populares en razón de las necesidades populares.

Para muchos estudiantes del 68, entre los que me encontraba, nuestro movimiento (toda la primera parte del movimiento lo consideraba puro, limpio de intromisiones de partidos, grupos y la misma CIA, y efecto solamente de nuestras decisiones), representó la primera experiencia de enfrentamiento con el poder establecido, de este modo, nuestra primera experiencia política y por tanto, de muchas maneras, ingenua. Algunos, con una cierta preparación y preocupación sabíamos que en Cuba había habido una revolución socialista, sabíamos que en México las luchas obreras eran reprimidas, sabíamos lo que les había pasado a los ferrocarrileros en 1958-59, sabíamos que los campesinos estaban muertos de hambre, que sus líderes más significativos eran asesinados, sabíamos que había una guerrilla en el estado de Guerrero y, por una que otra participación en una que otra manifestación, también sabíamos que la policía y el ejército no existían para defender el “orden social” en general, sino el orden social burgués, por tanto, estaban ahí para arremeter contra cualquier persona, grupo o manifestación que amenazara, aún levemente, los dictados del régimen político. Pero creo que los que sabíamos esto éramos los menos y, aun sabiéndolo, el movimiento estudiantil nos convirtió en los directamente perseguidos. En carne propia sentimos lo que hasta entonces sólo habíamos leído que le podía pasar a otros, no a nosotros que ya habíamos llegado a la Universidad, que podíamos llegar en coche a cualquier lado, que comíamos bien tres veces al día, que nos curaba un doctor cuando enfermábamos, que podíamos hacer viajes, que bailábamos los sábados en algún antro de la zona rosa, que nos pasábamos las horas en los cafés discutiendo películas de Buñuel o Bergman y que gastábamos en comprar los discos con lo mejor del rock; éramos la generación de los Beatles. Y aunque no todos los estudiantes eran producto de una vida cómoda, sí todos representábamos para nuestras familias un boleto a esa vida cómoda, nuestro status de estudiantes universitarios con la promesa del título profesional, nos iba a hacer ingresar a la capa social con trabajo seguro, bien remunerado y con muchos privilegios comparados con las condiciones de existencia de las amplísimas capas proletarias y campesinas.

1968 me agarró a mí en el primer año de estudios universitarios, y digo me agarró, porque todo el proceso del movimiento fue creciendo como una avalancha que de pronto ya había envuelto a cientos de miles de personas en muy poco tiempo. El movimiento, que se inicia en julio cuando las fuerzas represivas atacan una escuela después de dos manifestaciones que hubo el día 26 (una celebrando la revolución cubana, la otra, de estudiantes politécnicos, protestando contra la represión a estudiantes de vocacionales) y derriban a bazukazos la puerta de la preparatoria 3, envuelve en pocos días a estudiantes politécnicos , universitarios y de preparatoria del país, aunque tuvo su centro de resistencia más fuerte en la ciudad de México. Después de la represión de esos últimos días del mes de julio, cientos de miles de estudiantes se unen alrededor de una demanda democrática; el pliego de peticiones que los estudiantes enarbolan ante el estado represivo –destitución del jefe y subjefe de la policía capitalina, desaparición del cuerpo de granaderos, derogación del artículo 145 del código penal que tipificaba el delio de disolución social, libertad a los presos políticos de los que entonces había una lista de 85 en el D.F., indemnización a los parientes de las víctimas de la represión- significaba la elevación de un sentimiento de inconformidad que fácilmente encontraría, suponíamos, solidaridad por parte de otros sectores no estudiantiles de la población.

Después de la represión del 26 de julio y en menos de una semana, prácticamente todas las escuelas universitarias y politécnicas se organizan en una huelga nacional activa. De pronto, la ciudad de México, ese gigante capaz de ahogar rápidamente toda protesta, aislándola, se inundó con volantes, pintas, mítines relámpago en las calles, camiones mercados y, al cabo de unas semanas, sería el escenario de impresionantes marchas. Todo ello se pudo hacer por la organización y las tácticas que cada escuela decidía aunque siguiera las grandes líneas que trazaba el Consejo Nacional de Huelga, organismo de representación estudiantil que se instala el 2 de agosto.

Donde yo estudiaba, el máximo órgano de decisión era la asamblea de estudiantes y profesores, los que también crearon una organización de coordinación llamada Coalición de Maestros. En la asamblea se elegían por voto público tanto los representantes al Consejo de Huelga como a los integrantes de las comisiones (brigadas) de propaganda y recaudación de fondos, las que eran coordinadas por el comité de lucha, organismo que substituyó a las sociedades de alumnos y para el que se escogían personas combativas y con ideas que redundaran en la defensa del movimiento contra los enemigos de dentro y de fuera. Entonces pensábamos que los enemigos de dentro eran todos los alumnos y maestros reaccionarios que, o bien no apoyaron la huelga o se pronunciaban en asamblea contra ella o que no aceptaban comisiones para salir a la calle; no sólo eran reaccionarios sino cobardes y a todos ellos se les echó de la asamblea, cuando no se fueron solos. No pensábamos, o no queríamos pensar que teníamos fuertemente infiltrada la asamblea con policías disfrazados de estudiantes combativos: si todos éramos compañeros y nos habíamos comprometido públicamente a impulsar y defender el movimiento ¿cómo pensar que algún compañero fuera soplón? Meses después supimos de las grabaciones hechas en asamblea, del robo de expedientes de alumnos, de las listas que circulaban en Gobernación por mano de un empleado de esa secretaría que era, a la vez, empleado de la escuela. Los enemigos de fuera sí los teníamos plenamente identificados: era el gobierno, los policías, el ejército y los agentes “secretos” que hacían un crucigrama interminable fuera de la escuela. La lucha así se planteaba en términos de una oposición al estado represivo, no a las relaciones sociales en conjunto.

Teníamos brigadas de boteo, de prensa, de pintas y de mítines. Aunque todo mundo conocía quién actuaba en cual comisión, no se sabía quien dirigía las comisiones ni cuando se reunían ni en dónde. Así, los miembros de las distintas brigadas éramos citados por teléfono, pero en clave. Conocíamos los rudimentos de las claves, pero siempre al que llamaba se le ocurría algo nuevo de tal modo que si por ejemplo citaba frente al monumento de “reconocido héroe de la independencia”, pocos llegábamos al mismo lugar. Como también debíamos disfrazarnos de “gente decente” y no aparentar ser estudiantes, las muchachas a veces se pasaban esperando en la calle envueltas en elegante abrigo y con zapatos de baile. También pasaba que coincidían varias comisiones en el mismo restaurant que era o el más cercano a la escuela o el más conocido de la zona.

Desde la primera manifestación que se realizó en el sur de la ciudad (salió de la ciudad universitaria por Insurgentes, dio la vuelta por Félix Cuevas, Av. Coyoacán, para regresar a la CU) el primero de agosto, los manifestantes empezamos a ejercitarnos tanto para las caminatas largas como para la observación atenta de una disciplina que evitaría la intromisión de provocadores en  nuestras filas y también desarrollamos nuestra mirada inquisitiva para captar el interés que despertábamos a nuestro paso. También ejercitamos el grito de consignas, entre las que sobresalían la de “únete pueblo” que representaba la conciencia social que entre nosotros privaba en esos momentos. Una consciencia que partiendo del reconocimiento de las clases sociales, n o incluía a los estudiantes universitarios dentro del “pueblo” identificado con los trabajadores, implicando que en ese movimiento, la dirección  estudiantil invitaba al resto de la sociedad a unirse, pero, sin incluir en las demandas aquellas que al “pueblo” le pudieran resultar más centrales. Sin embargo aunque nunca se amplió el pliego petitorio, grupos organizados de colonos, vendedores ambulantes, ejidatarios y algunos sindicatos que manifestaron su solidaridad con los estudiantes y marcharon en las manifestaciones, influyeron de tal manera que los volantes, que en sus inicios sólo analizaban lo estudiantil del movimiento, después incluyeron demandas de los trabajadores relacionadas con sus condiciones de trabajo.

Los volantes representaron un trabajo muy serio y la única posibilidad de los estudiantes de enfrentar a la que llamábamos “prensa vendida” dando a conocer la realidad de nuestro punto de vista, de la persecución desatada contra nosotros y de nuestra inclinación al diálogo para solucionar el conflicto. Los tirajes eran altísimos (sólo en mi escuela se publicaban unos 5 mil al día). Su distribución era variada: las brigadas repartían; los vendedores de periódico los incluían dentro del periódico al venderlo; también se escondían entre la ropa de los mostradores de los grandes almacenes y se dejaban en baños de cines y lugares públicos; también había compañeros que ya trabajaban como edecanes de la próxima olimpiada y ellos distribuían la información entre periodistas extranjeros y atletas interesados. Se hacían volantes también en inglés para repartirlos entre los turistas que visitaban los museos y quienes, por cierto, fueron fuertes proveedores de fondos para las brigadas de boteo; los turistas se asustaban tanto al ver a los estudiantes que para que se fueran rápido sacaban billetes de hasta 50 dólares de “cooperación” al movimiento.

En los volantes no había una línea política establecida, eran muchas: dependía tanto de las escuelas y quiénes manejaran la brigada de prensa, como de las corrientes políticas que dominaban. Así, había escritos de gente del PAN, del PC, incluso de jóvenes del PRI y de grupos con varios nombres; en muchos volantes incluso se llegó a postular como forma de lucha la “guerrilla política” que subrayaba la importancia del discurso público y rápido. El papel para los volantes, la tinta y los desplegados en periódicos se pagaban con el dinero de las colectas; en nuestro caso, el papel lo proveía una compañera que trabajaba como secretaria en Gobernación y que diariamente se robaba paquetes de la bodega. El método de impresión por excelencia fue el mimeógrafo y cuando la persecución se agudizó y no se podía trabajar en la escuela, nuestra brigada utilizó un mimeógrafo “gentilmente” ofrecido por un profesor que después resultó policía, y fue colocado en el domicilio particular de un integrante de la brigada. Cuando elementos de la federal de seguridad llegaron hasta ese domicilio (que no allanaron dado el apellido de alcurnia de quien ahí vivía), se interrumpió nuestra prensa y nos integramos a otras escuelas para la impresión de volantes.

Los mítines relámpago en mercados y otros lugares públicos eran cada vez recibidos con mayor interés; como la policía tenía orden de aprehender a cualquier estudiante, los oyentes protegían a los que hablaban y, en los mercados, a la entrada de cualquier “azul” (ese era el color del uniforme policíaco entonces) los jitomates eran los proyectiles preferidos para ahuyentarlos. Todavía se estaba en la etapa artesanal de la lucha.

Al Consejo Nacional de Huelga, que sesionaba en la CU, (el Casco de Santo Tomás había sido tomado por las fuerzas represivas) comenzaban a llegar comisiones de distintos sectores de trabajadores pidiendo solidaridad con sus luchas; llegaron incluso campesinos que, sin entender muy bien lo que sucedía, y otorgándole al Consejo la calidad de poder político paralelo, solicitaban reparto de tierras. También se recibió la solidaridad de la guerrilla de Vázquez Rojas en el estado de Guerrero que pedía a los estudiantes una “mayor integración política” y una mayor precisión de los objetivos del movimiento, así como el “desarrollo de una táctica adecuada” para enfrentar la violencia del gobierno y hacía un llamado para crear organizaciones armadas en la lucha de liberación del país a la que debían comprometerse los estudiantes de convicción revolucionaria.

El vínculo realmente estrecho que se concretó con la población trabajadora fue a raíz de la solidaridad que los estudiantes prestaron al pueblo de Topilejo cuando se pidió indemnización a los dueños de un transporte público que había sufrido un accidente con saldo de varios muertos. Los estudiantes fueron al poblado prestando servicios médicos, “concientizando” a la población y decorando con carteles y pintas las bardas y postes del pueblo.  Este brigadismo terminó cuando el gobierno intervino pagando la indemnización.

Las manifestaciones recibían cada vez más adhesiones y las calles del centro de la ciudad vieron marchar cantidades inusitadas de personas hasta el zócalo; cuando las manifestaciones terminaban, los estudiantes éramos invitados a comer tacos o tomar refrescos por gente de todo tipo que admiraba la determinación y el arrojo estudiantil aun a pesar de no recibir respuesta a las peticiones. Desde el comienzo del movimiento hasta el 27 de agosto en que el ejército invadió con tanques ligeros el zócalo hiriendo y apresando a estudiantes que habían quedado de guardia después de una manifestación, hasta el día del informe presidencial, el ambiente de la ciudad, por las muestras de solidaridad, hacía crecerse a los estudiantes. Había un fuerte grupo que estaba convencido de que los estudiantes estábamos a un paso de la toma del poder y que teníamos al gobierno entre la espada y la pared frente al mar. Algunos miembros del CNH ejercitaban tiro en algunas casas ante el espanto de los vecinos, con pistolas de las que no se supo su origen, hasta una metralleta se vio en alguna ocasión. La toma del zócalo hizo ver que la represión comenzaba a ser orquestada y que ese iba a ser el lenguaje que contestaría la petición estudiantil del diálogo; la represión provendría no sólo de las fuerzas de uniforme, sino que se adiestraban cuerpos paramilitares con personas reclutadas de entre el lumpen. El diálogo que se iniciaba era pues disparejo: fuerzas represivas contra masas desarmadas. Tanto el ambiente represivo, la incipiente metodología clandestina (para efectos de impresión de volantes), las manifestaciones multitudinarias (medio millón de personas en la calle, lo que no ha vuelto a verse), el apoyo de parte de la población (la que marchaba junto a los estudiantes y que varias veces ayudó con armamento doméstico a repeler el ataque policíaco –macetas, aceite hirviente, escobas), permitió que, aunque la mayor parte del estudiantado no se fuera con la “finta” de su inminente asalto al poder, creciera un sentimiento de fuerza que aumentaba la combatividad y la firmeza de nuestras convicciones por la legitimidad y legalidad de la lucha.

El compañerismo y el trabajo eran muy importantes y los “huevones” y los cobardes recibían una burla pública en asamblea cuando las brigadas informaban de sus actividades diarias; los lazos de confianza y solidaridad se estrechaban y ejercíamos una democracia en la que ninguna autoridad tenía cabida. También nos habíamos ganado espacios donde éramos los amos: nuestras escuelas y la ciudad universitaria, que considerábamos territorio liberado; ahí teníamos una estación de radio que difundía consignas y canciones de protesta: ahí se hacían fiestas y se dio un grito de independencia verdaderamente independiente en un ambiente de euforia. Tres días después, la CU fue tomada por el ejército. De ahí en adelante, la persecución, la aprehensión de personas con nombre y apellido, el cateo de casas, la amenaza de grupos paramilitares que marcaban con una seña las casas de estudiantes buscados.

A partir de ese 18 de septiembre, el miedo empezó a hacer estragos entre los estudiantes; lo que había sido una confianza desmedida se convirtió en paranoia, ahora veíamos en cada compañero un soplón, un distribuidor de listas negras, un policía. Las asambleas empezaron a verse desoladas, todos sentíamos que teníamos cola que nos pisaran y mejor nos quedábamos en casa. Algunas casas, las de los líderes más distinguidos o más habladores, empezaron a ser vigiladas. Se ensayó otra técnica, también dentro del espontaneísmo corriente y que consistió en la reunión en distintos domicilios, de pequeños grupos de amigos que se tenían confianza para decidir la táctica a seguir, con lo que se evitaba la asistencia a las asambleas que ya considerábamos infestadas de soplones. Funcionaban también en casas, los comités “clandestinos” de lucha electos en las asambleas del CNH y de las escuelas.

El dos de octubre con la masacre de Tlaltelolco, se dio el golpe mortal al movimiento estudiantil como tal: las manifestaciones previas, las de septiembre, habían sido una más grande que la otra, ya eran demasiados mexicanos en las calles. La violencia desatada en forma criminal en la plaza de las tres culturas por parte del ejército, las policías y un famoso batallón entrenado por la CIA (el batallón Olimpia) mató a más de seiscientos inermes asistentes al mítin. Muchos más fueron arrestados. Los pequeños grupos de estudiantes que no pudieron escapar eran revisados por una persona a quien hasta entonces se le creía periodista y que señalaba a la policía nombres, escuelas y participación en el movimiento. Muchos líderes del Consejo Nacional de Huelga fueron así arrestados. El comportamiento de las fuerzas represivas no fue unánime; hubo acciones personales de soldados que enseñaron el camino adecuado para huir; también se supo de policías que llevaban balas de salva, es decir, la acción concertada para la represión no incluyó a todos los representantes de la fuerza pública. Seguramente se quería probar que los inocentes policías habían acudido desarmados a un mítin que la violencia estudiantil trastornó. Sin embargo, en las mentes de los asistentes está clara la luz de bengala que salió de un helicóptero como el aviso para iniciar el tiroteo que quedó a cargo de los aparatos represivos, algunos de cuyos integrantes también se convirtieron en carne de cañón. Todo fue confusión esa noche. Muchos de los periodistas extranjeros que asistían al mítin escribieron dolorosas páginas para sus periódicos reseñando la saña de las fuerzas represivas mexicanas; los locutores de los noticiarios de televisión esa noche presentaban al público una cara sombría (no pudieron sonreir ni los locutores de la gran prensa amarillista televisiva) y al día siguiente las editoriales de los periódicos se dividían entre el aplauso y la oposición a la acción gubernamental, respuesta definitiva al diálogo. El cartón que hizo Abel Quezada el 3 de octubre –un cuadro negro con la leyenda ¿por qué?- sintetizaba la reacción emocional a la bárbara matanza. Sin embargo, las autoridades del estado mexicano estaban convencidas de la justeza de su represión que restauraría la paz (de los sepulcros) que requería el país para la olimpiada y demás negocios.

Los compañeros detenidos sufrirían bárbaras torturas en los múltiples lugares que la policía mexicana ha acondicionado para el efecto. No sólo torturas físicas, sino psicológicas de todo tipo; una de las cuales consistió en encerrarlos en las crujías de homosexuales o de criminales peligrosos. Pero aun ahí denunciaban su situación y volvían mítin cualquier reunión. Al fin, todos los detenidos del movimiento fueron colocados en crujías especiales que los domingos se convertían, con las visitas, en fiestas culturales y círculos y círculos de estudios. Hubo celdas especiales, de lujo, para los policías que habían formado parte del CNH y que entraron a la cárcel para despistar; sin embargo, al poco tiempo se sabría su verdadera condición.

Las visitas a la cárcel también se organizaron en las escuelas que ya actuaban a la defensiva. Circulaban listas de presos sin familiares para que se apuntaran las visitas; entre nosotras, las mujeres (conciencia política aparte) se apuntaban como esposas o hermanas de los líderes más guapos. Se les llevaba comida, la que era prácticamente destrozada por los carceleros que cuchillo en mano buscaban droga hasta en la gelatina. Los plátanos estaban prohibidos ya que se había descubierto que su cáscara, después de cierto tratamiento, producía alucinaciones. Las mujeres, antes de entrar a la cárcel de visita, sufríamos varias vejaciones por parte de las carceleras, especialmente cuando revisaban el cuerpo buscando armas pequeñas.

Después del dos de octubre, los familiares de los presos y desaparecidos comenzaron a organizarse para pedir explicaciones y demandar la libertad inmediata de los detenidos. Primero fueron las angustiosas búsquedas en los anfiteatros de las delegaciones para identificar cadáveres; después, el día 3, una comisión de mujeres nos dirigimos al campo militar número 1 a tratar de hablar con el secretario de defensa. Uno de sus ayudantes recibió al grupo –furioso y expectante- tratando de convencernos de que el dos de octubre era producto de nuestra calenturienta imaginación, que nada había pasado la noche anterior. Esto, dicho sin la menor turbación, produjo en una señora la necesidad de estrangular a quien hablaba, pero la guardia cortó cartucho y hubimos de retirarnos, frustradas, ante el poder de la estupidez armada.

Los grupos de familiares, de ahí en adelante, estuvieron presentes en cuanta oficina policíaca existe en la ciudad para conocer del paradero y de la situación de los detenidos. Al cabo de tres meses algunos presos empezaron a salir; muchos, evidentemente desmoralizados por la derrota y por las presiones y torturas a que estuvieron sometidos; otros más estuvieron encerrados hasta dos años purgando penas de 20 por los delitos increíbles que se les imputaron: traición a la patria, quema de puentes, atentados a los servicios eléctricos, robo, asesinato, asonada, conspiración, etcétera.

A pesar de que la desmovilización fue casi total a partir del dos de octubre a causa de esa parálisis que nace del miedo profundo, la huelga no se levantó sino hasta diciembre. En asambleas se hacían recuentos del proceso del movimiento y se analizaban las actitudes individuales. Cuántos pseudo-cuadros comunistas se la habían pasado escondidos debajo de la cama, cuántos otros habían resultado soplones, cuántos habían huido a Europa “a estudiar”, con qué ingenuidad habíamos actuado casi todos; también se contabilizaron las rupturas familiares y matrimoniales y las nuevas parejas formadas al calor de los acontecimientos y también las nuevas amistades con aquellos que hablaban poco pero que llevaron a cabo sus comisiones con la mayor disciplina. Durante el tiempo que duraron mis estudios, todos sabíamos quién era quién en la escuela, según su definición en el movimiento.

La represión nos volvió a la realidad del tipo de país que vivíamos. La represión masiva e indiscriminada, porque la represión en general nunca cesó; el movimiento estudiantil había comenzado protestando contra la represión y había terminado severamente reprimido.

La experiencia sin embargo, vista en términos colectivos, aun cuando fue eficaz en cuanto a la denuncia de la situación represiva, no presentó opciones organizativas anticapitalistas viables para una lucha de masas que involucrara a los sectores explotados; y es que no podía hacerlo dado el contenido reformista de las demandas. Una lectura crítica del movimiento del 68 sitúa en primer plano la evaluación de los métodos, la crítica al triunfalismo y, sobre todo, las limitaciones de los movimientos espontáneos y de los que dirige la pequeña burguesía que sólo busca un reacomodo y una moralización del orden burgués ante la ausencia de opciones de lucha claramente proletarias.

Del análisis de la situación que nos había tocado vivir por primera vez, surgieron planes serios de adecuación académica a la realidad social, búsqueda de nuevas formas de participación estudiantil en las escuelas, creación de co-gobiernos; pero, sobre todo, los estudiantes nos volcamos sobre los textos clásicos del marxismo con una tremenda avidez por conocer la teoría que no sólo proporcionaba las herramientas para analizar la situación social sino que de ella se desprendían lecciones prácticas para la transformación revolucionaria de la sociedad que, ya sabíamos, no sería obra del estudiantado solo. Claro que esto derivó en una deformación del marxismo y en una incomprensión de las tareas académicas. Por una parte, muchos pensaban que las escuelas debían convertirse en escuelas de guerrilleros, por otra, se subestimaba la posibilidad de adquirir una capacidad profesional eficiente. Se substituyeron las materias de los planes de estudio por cursos de materialismo histórico I, II, III, IV, etcétera, sin ninguna relación con el análisis materialista de la sociedad mexicana. Hubo una etapa en donde sólo se aprendían frases hechas o se recitaba a Marx. Tardó algún tiempo en ser rescatada la tesis de que los futuros revolucionarios también debían prepararse profesionalmente si ya estaban ubicados en los centros de educación superior, pues en la lucha se necesitarían individuos capaces y no exponentes de la guerrilla de saliva. En las escuelas, como instituciones, una lucha consecuente debía ser por la adquisición de una capacidad profesional dirigida al conocimiento objetivo de la sociedad, donde nuestro punto de vista se ubicaría al lado de las mayorías trabajadoras del país, lo que requeriría de la evaluación sobre los usos distintos que se le podía dar a las ciencias. Esto, desde luego, sólo se inició como discusión en algunas escuelas, aunque subsiste como tendencia. Aunque es innegable la existencia de profesores sembradores de inquietudes y responsabilidades el papel de los maestros agitadores y guerrilleros es recurrente en la historia de México- la masa estudiantil después de su último grito organizado en 1971 (también ahogado en sangre) no ha vuelto a jugar ningún papel protagónico en los procesos sociales del país.

Otro resultado del 68 fue la organización de guerrillas urbanas con un marcado acento terrorista que tan no despertaba simpatías que siempre se le relacionaba con la policía. Subestimando la capacidad del pueblo para oponerse al sistema actuaban solos, poniendo énfasis en la cuestión militarista, dejando de lado la fundamental cuestión de la organización y acumulación de fuerzas.

Aunque la generación del 68 quedó marcada indeleblemente por el movimiento, varios de los cuadros combativos de entonces son hoy respetables profesionales liberales y muchos, políticos en ascenso. Hubo un tiempo en que el haber participado en el movimiento como líder contaba positivamente en la carrera política de los jóvenes de “izquierda” que el gobierno captaba ofreciéndoles puestos atractivos. Estos, junto con los que a raíz de su participación en el movimiento formaron después partidos políticos de “oposición” o se inscribieron en los ya existentes, aceptaron las reglas del juego burguesas. Mucha de esta aceptación (por que indudablemente hay desinformación y buena fe), basada en el convencimiento de una revolución mexicana aún vigente y que requiere de defensores (sin siquiera cirugía plástica, se quiere hacer aparecer joven a una anciana de 70 años!!!) a pesar de que la situación social actual es, sin duda, bastante diferente a la de 1910.

Sin embargo, el movimiento estudiantil también se vivió como un ejemplo más en la larga cadena de barbarie estatal que se desarrolla contra cualquier brote de inconformidad y de protesta que nace en la parte subordinada y sojuzgada de la sociedad. La violencia de la dominación y la imposición, incluso sangrienta, de su indiscutibilidad, se ejerció en 1968 hasta contra los hijos de la burguesía (pequeña o mediana).

Ante la evidencia de la paulatina cancelación de las vías pacíficas para promover cambios sociales y ante la cerrazón cada vez mayor de las válvulas de escape a la protesta, por más “legal” que fuera, no podía seguirse aceptando que el pueblo mostrara orgulloso el pecho para que se lo acribillaran impunemente (a la manera en que los obreros defendieron en 1910 las puertas de las fábricas). Tampoco podía seguirse insistiendo en “ganar la calle” como prueba de valor, cuando se conocía de antemano la respuesta oficial.

No era, no es posible seguir confiando en las leyes y en las palabras del gobierno, cuando los hechos muestran claramente que la legalidad está construida en el estado capitalista por el poder de la burguesía, que dicta reformas o infringe sus propios ordenamientos según le convenga, imponiéndose a través de su burocracia y de su ejército. Además, en el mejor de los casos la lucha “constitucionalista” es simplemente la defensa de las leyes que garantizan la propiedad privada de los medios de producción, la “libre empresa” y la opresión de las mayorías.

No es casual, entonces, que algunos estudiantes adquirieran, con base en el movimiento del 68, un grado superior de conciencia, que los hizo capaces no sólo de renunciar a su origen de clase sino de adquirir una visión histórica consecuente, es decir, la certeza de la necesidad de la transformación revolucionaria de nuestra sociedad. El surgimiento de los EYOL, de toda nuestra organización en 1969, abrió nuevas perspectivas de lucha, ya no “democrática”, ya no “estudiantil”, ya no “constitucionalista”, sino una lucha por el Poder del proletariado. La experiencia histórica del 68 implica entonces que no todos los estudiantes fuimos desmovilizados……

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