Posted On 5 abril, 2018 By In Editorial With 544 Views

Abril: Soledad, Ricardo y Fidelino.

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En Abril recordamos a nuestra compañera Soledad, asesinada por el Ejército Federal en Nepantla cuando tenía 24 años; y a 2 compañeros de la Lista de Ocosingo, el compañero Ricardo y el compañero Fidelino.

Ricardo, compañero de estudios del compañero Pedro en la Facultad de Derecho de la Universidad de Nuevo León. Fundador de nuestra organización en 1969. Su amistad como estudiantes en la UNI se transformó en compañerismo revolucionario en el constante “hacer” de nuestro trabajo diario. Se encontraba en el Rancho “El Chilar” en febrero de 1974 y parte con los compañeros que expulsaron el campamento de “los gringos” en la Laguna del Ocotal (40 Km al sureste del rancho El Chilar). Forma parte de los compañeros con estatus de detenidos-desaparecidos.

Fidelino, indígena tzeltal quien trabajaba como maestro bilingüe en la comunidad de Taniperla (a unos 15 Km de la Laguna del Ocotal). Recorría muchas comunidades en la campaña oficial para erradicar el paludismo en 1972, lo que le permitió proporcionar información sobre la geografía de la zona del Núcleo Guerrillero Emiliano Zapata, testigo presencial de las avionetas que bajaban en la Laguna. Fidelino fue detenido en Ocosingo, Chiapas durante el operativo militar en 1974 y hasta la fecha se encuentra detenido-desaparecido.

De nuestra compañera Soledad… reproducimos recordatorio que escribió sobre ella nuestro inolvidable compañero Mario en el Nepantla 10 de fecha 4 de junio de 1980, Órgano de agitación y comunicación interna de las F.L.N.

Compañera Soledad: ¡Presente!

Carmen Ponce Custodio, nacida en la intrincada serranía chiapaneca en abril de 1950, fue de las primeras mujeres que se incorporó al trabajo revolucionario profesional en nuestra organización. Esto ocurrió allá por el mes de Junio de 1971, poco antes del primer enfrentamiento victorioso –en Monterrey- de las FLN con las fuerzas represivas de la reacción.

Y aunque todos los compañeros caídos están siempre en nuestros recuerdos, en el caso de Soledad (Sol a secas para todos) hemos de reconocer que pocas veces hemos particularizado en su memoria, y nunca públicamente, para conocimiento de sus cualidades por parte de quienes no compartieron con ella sus momentos militantes.

Sol se sentía orgullosa de su origen campesino, de su sangre indígena, de su cultura vernácula y de las costumbres de su tierra; cosas todas que mantenía vivas en sus actos a pesar de la huella del mestizaje racial y cultural impuesta por largos siglos de colonización extranjera y dominación ladina en la sierra. Esto a pesar de su particular permanencia en el medio urbano de provincia durante su época estudiantil, muy breve por cierto, pues muy joven respondió al llamado de la organización para participar plenamente en el quehacer revolucionario.

Tomó parte, también brevemente, en la política estudiantil. Actividad que abandonó al quitarse la venda que le ocultaba el oportunismo embozado en frases “revolucionarias¨ de lidercillos buscachambas.

Al entrar en contacto con la organización, manifestó en su primera entrevista con Manuel y Salvador su deseo de incorporarse a los trabajos del grupo de la sierra. Por su juventud, los compañeros de la dirección no le creyeron, a lo que ella les respondió que si no la llevaba n los seguiría, segura de que la esperarían pues necesitarían un guía.

Para su incorporación la dirección montó el operativo “matrimonio”, que consistía en cumplir con todas las formalidades de un matrimonio verdadero de la sociedad civil. La finalidad no era otra que la de allegar fondos en un momento en que estos eran de lo más escaso, pues un familiar suyo había prometido darle una amplia dote en el momento en que se desposara. La dirección no hizo más que tomarle la palabra: se escogió al “novio”, a los “hermanos del novio” y se procedió a la petición de mano, a la boda civil y religiosa, jolgorio y “luna de miel” a España. Mas como España quedaba muy lejos de las intenciones internacionalistas de la revolución, el viaje se interrumpió en una casa de seguridad. Y a fin de cuentas, la dote no fue tan grande como la rabia de Sol al abrir el sobre que la contenía.

El haber tenido oportunidad de estudiar en la ciudad, la dote recibida en un medio donde los padres acostumbran a pedir dinero por sus hijas, y el baile de la boda nos indican el origen de clase de Sol en la sociedad campesina; a la vez que nos señalan la lucha interna que tuvo que librar para rechazar la formación inicial y poder identificarse con los pobres del campo.

Su origen, como el de muchos militantes en los inicios de la construcción de la vanguardia, nos demuestra que el ciclo de formación política de las amplias masas para la toma del poder, es un proceso que comienza fuera de ellas por parte de quien tiene medios de llegar a la teoría científica de la revolución, y conciencia para hacerla suya una vez accedido a ella; más por un proceso de concientización nacido de la observación externa de las condiciones sociales que por la vivencia personal de la explotación y la miseria. El propio ascenso de la lucha revolucionaria conducirá a la integración a la vanguardia de los militantes más avanzados de las masas de desposeídos a los que ella amó, por los que luchó, y con los que “quiso su suerte echar”.

Porque para ella la revolución era sinónimo de amar. Sólo quien ama con pasión a su pueblo puede odiar con la misma intensidad a quien le oprime: el imperialismo. Amaba sobre todo a los niños, como si fueran propios; lo hacía con el calor intenso de quien sabe que el sacrificio y el sufrimiento de no concebir es compensado por la dicha de guardar en el pecho las penalidades del pueblo para convertirlas en llama y en rencor y en arma para usarlos contra quien los provoca.

Gustaba de las flores, los animales, los adornos en la pared, la limpieza y la cocina; como despreciaba el maquillaje y todo lo que tuviera aliento superficial. Los emplastos en la cara los usaba sólo por disciplina. Ella prefería sus trenzas y un pantalón bombacho para realizar los trabajos cotidianos que en aquella época eran técnicamente rudimentarios.

Pocos recuerdos físicos nos quedan de ella, ni siquiera una fotografía. Mas no importa, con el recuerdo del ejemplo de su vida, trunca en plena juventud, con el recuerdo de su alegría, de su compañerismo, de su espíritu de trabajo nos basta para tenerla siempre presente como una compañera ejemplar.

La recordamos pasándose horas desarmando con paciencia un radio viejo, clasificando sus componentes para que los utilizaran los compañeros dedicados al estudio de comunicaciones. La tenemos presente en sus actos de compañerismo, cuando pese a estar enferma, y fuera de la circulación laboral por disposición médica, se dedicaba a auxiliarnos a los más novatos en las tareas que no podíamos realizar. No perdía tiempo, siempre estaba trabajando o estudiando.

Recordamos su alegría; cantaba mucho y lo hacía en dialecto; al hablar, su sola voz era un canto, como canto triste es la voz de los indígenas de su tierra. Pero el suyo era alegre porque su canto era una voz de la revolución.

¡Vivir por la Patria! o ¡Morir por la Libertad!

Grupo Editorial de la Casa de Todas y Todos

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